Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

se vaya.

—No voy a dejarla sola.

La partera consiguió llegar con ayuda de un vehículo de la comunidad cuando las contracciones ya eran muy seguidas.

Efraín permaneció conmigo porque yo se lo pedí. Me sostuvo la mano, me acercó agua y siguió las indicaciones de la mujer que atendía el nacimiento.

Cuando finalmente escuché el llanto de mi hija, sentí que el mundo entero se había quedado en silencio para escucharla.

Era pequeña, de cabello oscuro y manos diminutas.

La partera me la acomodó cuidadosamente sobre el pecho.

Efraín