se vaya.
—No voy a dejarla sola.
La partera consiguió llegar con ayuda de un vehículo de la comunidad cuando las contracciones ya eran muy seguidas.
Efraín permaneció conmigo porque yo se lo pedí. Me sostuvo la mano, me acercó agua y siguió las indicaciones de la mujer que atendía el nacimiento.
Cuando finalmente escuché el llanto de mi hija, sentí que el mundo entero se había quedado en silencio para escucharla.
Era pequeña, de cabello oscuro y manos diminutas.
La partera me la acomodó cuidadosamente sobre el pecho.
Efraín