Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

estaba a mi lado, con la camisa húmeda y los ojos brillantes.

—Está preciosa, Dora —susurró.

Acaricié la mejilla de mi niña.

—María Clara —dije—. Así quiero llamarla.

Al día siguiente pudimos acudir al centro de salud para que nos revisaran.

Mi hija estaba bien y yo necesitaba descansar.

Durante las semanas siguientes Efraín se encargó de la mayor parte del trabajo del rancho.

Ordeñaba las vacas, alimentaba a las gallinas, limpiaba el corral y preparaba comida sencilla.

Nunca entraba a mi habitación sin llamar.

Cuando Clara lloraba y yo