estaba a mi lado, con la camisa húmeda y los ojos brillantes.
—Está preciosa, Dora —susurró.
Acaricié la mejilla de mi niña.
—María Clara —dije—. Así quiero llamarla.
Al día siguiente pudimos acudir al centro de salud para que nos revisaran.
Mi hija estaba bien y yo necesitaba descansar.
Durante las semanas siguientes Efraín se encargó de la mayor parte del trabajo del rancho.
Ordeñaba las vacas, alimentaba a las gallinas, limpiaba el corral y preparaba comida sencilla.
Nunca entraba a mi habitación sin llamar.
Cuando Clara lloraba y yo