Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

estaba agotada, se ofrecía a cargarla mientras permanecíamos en la sala o en el corredor.

Una tarde lo encontré sentado bajo el tejabán, meciendo a mi hija con una delicadeza que me conmovió.

Le cantaba una canción antigua.

—Mi madre cantaba esto cuando yo era pequeño —me explicó.

Clara se quedó dormida sobre su pecho.

Poco después construyó una cuna de madera con tablas que consiguió trabajando en otro rancho.

La lijó cuidadosamente y la colocó junto a mi cama.

—No es muy bonita —dijo.

Pasé los dedos por la