Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

madera suave.

—Es más bonita de lo que usted piensa.

Creí que finalmente habíamos encontrado una manera de vivir tranquilos.

Pero cuando Clara estaba cerca de cumplir 2 meses, una tarde lo encontré sentado frente al corral, mirando hacia el camino.

Su perro permanecía acostado junto a sus botas.

—Tenemos que platicar, Dora.

Dejé de sonreír.

Conocía demasiado bien aquella expresión.

—Me ofrecieron trabajo en un rancho grande —dijo—. Pagan mejor y dan alojamiento. He estado pensando en aceptarlo.

Sentí que me faltaba el aire.

—¿Quiere marcharse?

Efraín se frotó