Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

las manos.

—Usted y Clara ya estarán bien. El rancho produce, las vacas están sanas y tiene dinero guardado.

—No le estoy preguntando por las vacas.

Por primera vez desde que lo conocí, sostuvo mi mirada con dificultad.

—No sé cómo quedarme, Dora. Cuando empiezo a querer demasiado a alguien, recuerdo lo que perdí.

Apreté a Clara contra mi pecho.

Comprendí que no estaba huyendo del trabajo ni de nosotras. Estaba huyendo de la posibilidad de sufrir otra vez.

Pero comprenderlo no hacía menos dolorosa su decisión.

—No puedo obligarlo