a quedarse —respondí—. Tampoco voy a suplicarle como le supliqué a Rogelio. Si se marcha, será porque usted lo decidió.
Efraín bajó la cabeza.
Aquella noche preparó sus pocas pertenencias.
A la mañana siguiente salió por el mismo portón por el que había entrado meses atrás.
Llevaba su hoz, una mochila, la cabra sujeta con una cuerda y su perro caminando detrás.
Yo me quedé en el corredor con Clara en brazos.
Cuando desapareció entre los árboles, entré a la casa y cerré la puerta.
No lloré inmediatamente.
Primero alimenté