Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

a quedarse —respondí—. Tampoco voy a suplicarle como le supliqué a Rogelio. Si se marcha, será porque usted lo decidió.

Efraín bajó la cabeza.

Aquella noche preparó sus pocas pertenencias.

A la mañana siguiente salió por el mismo portón por el que había entrado meses atrás.

Llevaba su hoz, una mochila, la cabra sujeta con una cuerda y su perro caminando detrás.

Yo me quedé en el corredor con Clara en brazos.

Cuando desapareció entre los árboles, entré a la casa y cerré la puerta.

No lloré inmediatamente.

Primero alimenté