Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

decisiones.

En la tarde del tercer día escuché un ladrido.

Levanté la vista.

El perro de Efraín esperaba frente al portón, moviendo la cola.

Detrás apareció la cabra, caminando lentamente.

Y finalmente lo vi a él.

Llevaba la misma mochila, pero su expresión era distinta.

Se detuvo fuera de la cerca.

—Dora, ¿puedo hablar con usted?

Me acerqué sin abrir.

—Lo escucho.

—No llegué al rancho donde iba a trabajar. Pasé estos días pensando en ustedes. Comprendí que estaba haciendo lo mismo que siempre: marcharme antes de tener algo que