decisiones.
En la tarde del tercer día escuché un ladrido.
Levanté la vista.
El perro de Efraín esperaba frente al portón, moviendo la cola.
Detrás apareció la cabra, caminando lentamente.
Y finalmente lo vi a él.
Llevaba la misma mochila, pero su expresión era distinta.
Se detuvo fuera de la cerca.
—Dora, ¿puedo hablar con usted?
Me acerqué sin abrir.
—Lo escucho.
—No llegué al rancho donde iba a trabajar. Pasé estos días pensando en ustedes. Comprendí que estaba haciendo lo mismo que siempre: marcharme antes de tener algo que