Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

perder.

Guardó silencio.

—No quiero seguir viviendo así. Quiero quedarme, si usted todavía me lo permite.

Lo observé durante varios segundos.

—¿Y qué ocurrirá cuando vuelva a sentir miedo?

—Tendré que aprender a hablarlo, en lugar de salir corriendo.

Aquella respuesta significó más para mí que cualquier declaración de amor.

Abrí el portón.

—Puede quedarse, Efraín. Pero no quiero otra despedida sin una conversación. Tampoco quiero que esté aquí por lástima.

—No es lástima, Dora.

—Entonces tendremos que aprender a decidir juntos.

Él aceptó.

Esa noche cenó dentro de mi