perder.
Guardó silencio.
—No quiero seguir viviendo así. Quiero quedarme, si usted todavía me lo permite.
Lo observé durante varios segundos.
—¿Y qué ocurrirá cuando vuelva a sentir miedo?
—Tendré que aprender a hablarlo, en lugar de salir corriendo.
Aquella respuesta significó más para mí que cualquier declaración de amor.
Abrí el portón.
—Puede quedarse, Efraín. Pero no quiero otra despedida sin una conversación. Tampoco quiero que esté aquí por lástima.
—No es lástima, Dora.
—Entonces tendremos que aprender a decidir juntos.
Él aceptó.
Esa noche cenó dentro de mi