y por los compradores que querían pagar menos.
Pero ya no enfrentábamos cada dificultad por separado.
Efraín empezó a compartir conmigo sus recuerdos de Lucas sin esconder las lágrimas.
Yo dejé de comparar cada gesto suyo con las promesas que Rogelio había incumplido.
Cuando Clara cumplió 8 meses, ya intentaba gatear por todas partes.
La sentábamos sobre una manta limpia en el corredor, donde podía observar al perro y a las cabritas sin acercarse al corral.
Efraín había aprendido a reconocer cuándo estaba cansada y cuándo quería que la cargaran.