Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

y por los compradores que querían pagar menos.

Pero ya no enfrentábamos cada dificultad por separado.

Efraín empezó a compartir conmigo sus recuerdos de Lucas sin esconder las lágrimas.

Yo dejé de comparar cada gesto suyo con las promesas que Rogelio había incumplido.

Cuando Clara cumplió 8 meses, ya intentaba gatear por todas partes.

La sentábamos sobre una manta limpia en el corredor, donde podía observar al perro y a las cabritas sin acercarse al corral.

Efraín había aprendido a reconocer cuándo estaba cansada y cuándo quería que la cargaran.