Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

Una tarde la vi extender los brazos hacia él.

La levantó y ella soltó una carcajada.

Entonces comprendí cuánto habían cambiado nuestras vidas.

Aquel hombre que había llegado pidiendo comida ya tenía un lugar en nuestra mesa.

Y yo, que había construido una cerca para protegerme del mundo, había aprendido a abrir el portón sin sentir que estaba perdiendo mi libertad.

Una mañana Efraín apareció con una pequeña caja.

Dentro había un anillo sencillo de plata.

—No puedo ofrecerle lujos, Dora —dijo—. Pero quiero compartir esta vida con usted. No