Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

como trabajador ni como alguien que está de paso.

Me quedé mirando el anillo.

—¿Está seguro?

—Tengo miedo todavía. Pero ya no quiero que el miedo decida por mí.

Le extendí la mano.

—Entonces sí, Efraín.

Nos casamos por lo civil en el pueblo, sin fiesta grande.

También buscamos asesoría para realizar correctamente los trámites necesarios para que pudiera adoptar legalmente a Clara. No fue algo automático ni quisimos borrar su historia. Lo importante era que la responsabilidad que él ya asumía cada día también tuviera reconocimiento legal.

Regresamos al