rancho con nuestra hija dormida en mis brazos.
Al llegar, Efraín bajó primero para abrir el portón.
Lo observé desde el camino y recordé aquella tarde lluviosa en que un desconocido me había pedido trabajo a cambio de un plato de comida.
Ahora seguía usando botas gastadas y todavía cargaba herramientas sobre el hombro.
Pero ya no parecía un hombre que buscara desesperadamente otro lugar donde pasar la noche.
Entramos juntos.
Antes de cenar, Efraín colocó los platos sobre la mesa mientras yo acomodaba a Clara en su sillita.
Habíamos