Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

levanté para cerrar la puerta, pero antes de hacerlo miré a Efraín, que estaba recogiendo los platos mientras nuestra hija lo observaba sonriente.

Entonces comprendí que aquella casa ya no necesitaba mantener a todo el mundo afuera para ser un lugar seguro.

Dejé la puerta entreabierta para escuchar la lluvia y regresé a sentarme junto a mi familia.