afuera, sin pedir permiso para entrar.
Mientras yo observaba desde la ventana, empezó a trabajar bajo la lluvia.
Al anochecer, la cerca estaba firme, el patio limpio y las herramientas ordenadas.
Cuando lo vi recoger sus cosas, algo me apretó el pecho.
—Puede dormir en el cobertizo —le dije—. Pero solamente esta noche.
Efraín inclinó la cabeza.
—Muchas gracias, doña Dora.
Aquella noche cerré mi puerta con el mismo cerrojo de siempre. Me acosté acariciándome el vientre y repetí que no debía acostumbrarme a nadie.
Sin embargo, al amanecer escuché