Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

afuera, sin pedir permiso para entrar.

Mientras yo observaba desde la ventana, empezó a trabajar bajo la lluvia.

Al anochecer, la cerca estaba firme, el patio limpio y las herramientas ordenadas.

Cuando lo vi recoger sus cosas, algo me apretó el pecho.

—Puede dormir en el cobertizo —le dije—. Pero solamente esta noche.

Efraín inclinó la cabeza.

—Muchas gracias, doña Dora.

Aquella noche cerré mi puerta con el mismo cerrojo de siempre. Me acosté acariciándome el vientre y repetí que no debía acostumbrarme a nadie.

Sin embargo, al amanecer escuché