Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

golpes de azadón.

Salí y descubrí que Efraín había limpiado el terreno detrás del huerto y comenzaba a sembrar maíz con unas semillas que llevaba entre sus pertenencias.

—Le dije que se marchara hoy.

—Lo sé, señora. Quería dejarle algo que pudiera aprovechar después.

Entonces señaló la esquina de mi casa.

—Pero antes necesito mostrarle otra cosa.

Me acerqué y vi la madera oscura, hinchada por la humedad.

Efraín apoyó suavemente la mano sobre una viga.

—La cerca ya quedó, doña Dora. El problema es que esta viga está podrida.