golpes de azadón.
Salí y descubrí que Efraín había limpiado el terreno detrás del huerto y comenzaba a sembrar maíz con unas semillas que llevaba entre sus pertenencias.
—Le dije que se marchara hoy.
—Lo sé, señora. Quería dejarle algo que pudiera aprovechar después.
Entonces señaló la esquina de mi casa.
—Pero antes necesito mostrarle otra cosa.
Me acerqué y vi la madera oscura, hinchada por la humedad.
Efraín apoyó suavemente la mano sobre una viga.
—La cerca ya quedó, doña Dora. El problema es que esta viga está podrida.