Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

tampoco parecía querer vivir de mi caridad.

Durante los días siguientes reforzó el techo, arregló el gallinero y terminó de sembrar maíz.

Yo seguía recogiendo huevos, cultivando jitomates y llevando verduras al camino, donde pasaba la camioneta de un comprador.

Efraín jamás entraba a mi casa sin permiso.

Dormía en el cobertizo, acompañado de su perro y su cabra.

Con el paso de las semanas comenzó a conseguir trabajos en ranchos vecinos. A cambio de reparar cercas y cuidar animales, obtuvo alimento para las gallinas, herramientas y, después de bastante