Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

trabajo, 2 vacas flacas que todavía daban leche.

Cuando llegó con ellas, pensé que estaba perdiendo la razón.

—¿Y dónde vamos a meterlas?

—Ya arreglé el corral. Pero si usted no quiere, buscamos otro lugar.

Me sorprendió que siempre me dejara decidir.

Acepté.

Pronto empecé a preparar queso fresco para vender. No ganábamos una fortuna, pero ya podía comprar despensa sin contar cada moneda.

Una madrugada, su cabra comenzó a parir.

Lo acompañé hasta el cobertizo, donde ayudó cuidadosamente a recibir 2 cabritas pequeñas, de pelaje blanco y café. Su