trabajo, 2 vacas flacas que todavía daban leche.
Cuando llegó con ellas, pensé que estaba perdiendo la razón.
—¿Y dónde vamos a meterlas?
—Ya arreglé el corral. Pero si usted no quiere, buscamos otro lugar.
Me sorprendió que siempre me dejara decidir.
Acepté.
Pronto empecé a preparar queso fresco para vender. No ganábamos una fortuna, pero ya podía comprar despensa sin contar cada moneda.
Una madrugada, su cabra comenzó a parir.
Lo acompañé hasta el cobertizo, donde ayudó cuidadosamente a recibir 2 cabritas pequeñas, de pelaje blanco y café. Su