Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

Si vuelve a llover como anoche, una parte del techo podría venirse abajo mientras usted duerme.

PARTE 2

Me quedé mirando aquella viga. Durante semanas había escuchado crujir el techo, pero prefería pensar que era culpa del viento.

—¿Puede repararla?

—Sí, señora. Necesitaré madera buena y algo de tiempo.

Por primera vez, fui yo quien le pidió que se quedara.

Acordamos que recibiría comida y alojamiento mientras trabajaba, además de una parte de las ganancias cuando el rancho empezara a producir mejor. No quería deberle favores a nadie, y él