Mi esposo me abandonó embarazada por otra mujer, y me refugié en un rancho donde juré no confiar en ningún hombre. Bajo la lluvia apareció un desconocido con un perro flaco y una cabra preñada, pidiendo comida a cambio de arreglar mi cerca. Lo dejé trabajar solo ese día, pero antes de irse me mostró una viga podrida que sostenía parte del techo. Si volvía a llover, mi casa podía venirse abajo; salvarla significaba pedirle a aquel extraño que se quedara.

perro permaneció acostado junto a la puerta.

Al verlo trabajar con tanta delicadeza, comprendí que aquel hombre sabía cuidar mucho más que cercas.

Pero unas semanas después enfermó.

Lo encontré sentado bajo el tejabán, temblando de fiebre. Me dijo que estaba bien, aunque apenas podía sostenerse.

Conseguí que lo revisaran en el centro de salud y seguí las indicaciones que nos dieron. Durante las noches le llevaba agua, comida caliente y una cobija limpia.

Una madrugada me encontró sentada junto a su cama improvisada.

—¿Por qué hace tanto por mí,