Volví al pueblo convencido de que mi exesposa y mi hijo vivían en la casa que les había dejado, hasta que una vecina me señaló un cobertizo donde llevaban años sobreviviendo. Cuando encontré a mi hijo de 10 años, él solo me reconoció por una fotografía y, abrazando un carrito roto, me preguntó si me iría después de firmar mis papeles. Yo había enviado dinero cada mes; ahora debía demostrarle a un niño que apenas me conocía que no volvería a desaparecer.

y esa parte de la verdad no podía culparla a nadie más.

PARTE 3

A primera hora llamé a Clara Mendoza, una abogada de Colima que había intentado ayudar a Inés cuando perdió la casa. Me recibió sin sonreír. Revisó los documentos, los recibos médicos y las copias de la notaría. Después sacó un expediente que llevaba años guardado.

—Inés acudió conmigo cuando recibió la notificación de desalojo —me explicó—. Tenía razones para impugnar la venta, pero Mateo estaba enfermo y ella no tenía dinero para sostener un proceso. Además,