Volví al pueblo convencido de que mi exesposa y mi hijo vivían en la casa que les había dejado, hasta que una vecina me señaló un cobertizo donde llevaban años sobreviviendo. Cuando encontré a mi hijo de 10 años, él solo me reconoció por una fotografía y, abrazando un carrito roto, me preguntó si me iría después de firmar mis papeles. Yo había enviado dinero cada mes; ahora debía demostrarle a un niño que apenas me conocía que no volvería a desaparecer.

absolución.

—Esteban pudo aprovecharse de su firma. Pero usted tampoco vino a comprobar cómo vivían su hijo y su madre.

Acepté el golpe. Le entregué los mensajes recuperados, las llamadas bloqueadas y los audios. Clara pidió una auditoría financiera y un peritaje de firmas. Me advirtió que Esteban podía tratar de desacreditar a Inés o desaparecer documentos, así que guardamos copias en varios lugares.

Al día siguiente, Esteban me citó en un restaurante de Guadalajara. Con su calma habitual, dijo que Inés había pedido efectivo y administrado mal el dinero.