Volví al pueblo convencido de que mi exesposa y mi hijo vivían en la casa que les había dejado, hasta que una vecina me señaló un cobertizo donde llevaban años sobreviviendo. Cuando encontré a mi hijo de 10 años, él solo me reconoció por una fotografía y, abrazando un carrito roto, me preguntó si me iría después de firmar mis papeles. Yo había enviado dinero cada mes; ahora debía demostrarle a un niño que apenas me conocía que no volvería a desaparecer.

orden provisional: podían regresar a la casa mientras se resolvía la venta. Los vecinos ayudaron a mover sus pocas cosas. Yo cargué cajas y la vieja máquina de coser; Inés prefirió esa ayuda comunitaria a contratar una mudanza. No discutí.

La casa tenía humedad, una ventana rota y el patio lleno de hierbas. Mateo recorrió las habitaciones como si fueran un palacio y puso su carrito en el alféizar del cuarto que daba a la huerta. Quise comprarle muebles y juguetes, pero solo le pregunté si necesitaba ayuda con la