tarea.
Durante los meses siguientes regresé cada semana. Llegaba a tiempo cuando prometía recogerlo y, si debía viajar, se lo decía directamente a él y a Inés. Aprendí a contestar sus llamadas o devolverlas. Eran gestos pequeños, pero la confianza no se construía con discursos.
Una noche pregunté a Inés si algún día podría perdonarme. Tardó en responder.
—Perdonar no significa volver a ser tu esposa —dijo—. No quiero que hagas todo esto esperando recuperarme. Mateo necesita un padre presente. Yo necesito vivir sin miedo a que alguien decida por