una parte ella misma. Entendí que ayudar no era quitarle las herramientas de las manos.
Una tarde, mientras reparaba la puerta del pequeño almacén, escuché a Mateo acercarse con su carrito. Ya le habíamos colocado una rueda nueva, aunque el eje seguía torcido. El niño se sentó a mi lado y señaló la pieza suelta.
—¿Puedes ayudarme con esto, papá? Creo que se volvió a doblar.
Me quedé inmóvil. No quise hacer de aquella palabra una escena ni pedirle que la repitiera. Tomé el carrito con cuidado y le dije