la pared. Mateo comparó mi cara con una fotografía vieja que estaba sobre una repisa.
—¿Usted es el señor de la foto? —me preguntó.
Tragué saliva.
—Soy tu papá, Mateo.
El niño miró a su madre para confirmar que no mentía. Ella asintió despacio. Él apretó el carrito roto contra el pecho y dijo:
—Mamá dice que vive en Guadalajara, que trabaja mucho y manda dinero cuando puede. ¿Vino a quedarse un rato o se va después de firmar sus papeles?
La carpeta del divorcio pesó de pronto como una