desde hacía un año. Había reconocido mi nombre cuando pregunté por ella en recepción.
—Yo quería hablar con usted aquella noche —me dijo—. El doctor Téllez me prohibió entrar a su sala de espera.
Nos sentamos en una cafetería. Silvia no me entregó expedientes ajenos. Me mostró una fotografía de su propio cuaderno de turno, que había conservado porque denunció irregularidades y después la cambiaron de servicio.
Debajo del nombre de Lucía decía: «Nacimiento múltiple. Tres niñas con signos vitales. Traslado neonatal autorizado por Téllez».
—¿Traslado a dónde? —pregunté.
—Solo