una trabajadora social dio por terminada la entrevista. Hizo bien. Yo ya estaba demasiado alterado.
En mi teléfono apareció entonces un número desconocido. Contesté en el pasillo.
—Gabriel, no lleves a las niñas con Ofelia —susurró una voz débil—. Ni a Valeria. Escúchame, por favor.
Me sujeté de la pared.
—¿Quién habla?
—Soy Lucía.
Durante 5 años había imaginado oírla una última vez. Nunca pensé que sus siguientes palabras serían aquellas:
—Tu suegra sabe que sigo viva. Y acaba de enterarse de que encontraste a nuestras hijas.
La llamada se