«¡Papá, detén el coche!», gritó mi hija de 5 años mientras señalaba a 2 niñas descalzas que dormían junto a un montón de basura en la ciudad de Nueva York. Segundos después, yo estaba arrodillado en el agua sucia de la lluvia, mirando fijamente sus rostros, porque ambas eran idénticas a mi hija, y una de ellas tenía los inconfundibles ojos verdes y dorados de mi difunta esposa.

cortó.

PARTE 3

Marqué de nuevo. El teléfono estaba apagado. Volví a llamar tantas veces que Jimena tuvo que quitarme el celular de la mano.

—Si Lucía está viva, lo peor que podemos hacer es avisarle a quien la escondió —me dijo.

Tenía razón. Pedimos que se incorporara la llamada a la denuncia y solicitamos medidas de protección para las 3 niñas. A la mañana siguiente recibí un mensaje desde otro número: «Centro de rehabilitación La Encina, cerca de Toluca. Pregunte por Laura Mendoza. Soy Alma, enfermera. No venga solo».