de domicilio durante años. Las niñas crecieron sin acceso regular a servicios. Meses atrás Silvia le contó que Lucía vivía en La Encina. Mara la visitó y decidió buscarme en el hotel. Ofelia vigilaba sus llamadas.
En esas últimas semanas, Mara había dejado 2 recados para mí en recepción. Uno quedó archivado como correspondencia sin destinatario; el otro llegó a manos de Ofelia porque pidió que le avisaran si su hija menor aparecía. Mi suegra conocía a demasiadas personas de mi entorno. Yo nunca había puesto límites.
—No te pido