Aquel día comenzó con una hemorragia y terminó en una sala de espera. Mi suegra, Ofelia, salió del quirófano llorando. Me dijo que Lucía había muerto y que solo una de las 3 bebés había resistido. El médico, el doctor Téllez, habló de complicaciones irreversibles. Yo no vi a las otras 2 niñas. Tampoco vi el cuerpo de mi esposa; Ofelia organizó una cremación y me entregó una urna mientras yo aprendía a alimentar a Valeria con manos que no dejaban de temblar.
—¿Dónde está su mamá? —pregunté.
Vera apretó