a Andrea Salgado, la abogada que había revisado mis escrituras antes de casarme.
Otro a la administradora del banco.
Otro a un cerrajero.
Y el último contenía fotografías de la carpeta con los 2.850.000 pesos y una sola pregunta:
“¿Puedes ayudarme a documentar todo esto?”
A las 7:46 de la mañana siguiente, Diego abrió la puerta de la casa convencido de que yo regresaría avergonzada.
Pero no estaba sola.
Detrás de mí había dos unidades oficiales, un cerrajero, Andrea Salgado y una carpeta gruesa llena de documentos.