a mí.
Durante cinco meses, Diego había enviado dinero a una mueblería, un contratista y varios acreedores relacionados con sus padres.
Dinero que yo depositaba para la hipoteca.
Para electricidad.
Supermercado.
Mantenimiento.
—Entonces esto no empezó ayer.
—No.
Las transferencias mostraban que Diego llevaba meses preparando la llegada de sus padres.
Sin decirme nada.
Salí con los papeles en la mano.
Cuando los vio, su cara cambió.
—Podemos hablarlo.
—¿Hablar de qué? ¿Del dinero que moviste sin decírmelo o de los gastos que prometiste pagar con mis ingresos?
Teresa se