Detrás venía Rogelio, mi suegro, cargando una lámpara antigua y una bolsa enorme de zapatos.
Y Diego, mi esposo, salió a recibirlos sonriendo.
—Pásenle. Hace frío afuera.
Me quedé inmóvil con el trapo húmedo en la mano.
—Diego, ¿qué está pasando?
Él tomó una de las maletas sin mirarme.
—Mis papás vendieron su departamento. Ya no pueden estar solos. A partir de hoy van a vivir con nosotros.
Durante unos segundos pensé que estaba bromeando.
Llevábamos tres años casados.
La casa donde estábamos había sido comprada por mí cinco años