que estabas de acuerdo.
—Y ninguno de ustedes me llamó para confirmarlo.
Aquello la incomodó.
Rogelio fue el primero en asentir.
—En eso tiene razón.
Teresa lo miró sorprendida.
Él tomó otra caja.
—Nosotros también debimos preguntar.
No hubo abrazos.
Ni disculpas dramáticas.
Ni una reconciliación milagrosa en la entrada.
Solo cajas subiendo a una camioneta.
El canario volvió a quedar cubierto con su manta.
El cerrajero comenzó su trabajo cuando todos terminaron de sacar sus pertenencias.
Diego se quedó.
—¿También vas a cambiarme la cerradura?
Andrea respondió antes que