sin permiso.
Diego golpeó la mesa con la palma.
—¡Son mis padres!
La jaula cubierta se movió y un pequeño canario comenzó a revolotear dentro.
Yo bajé la voz.
—Y esta es mi casa.
Teresa soltó una risa seca.
—Siempre lo mismo contigo. Mi casa. Mis escrituras. Mi dinero.
—Sí. Las escrituras importan cuando alguien decide regalarle mi habitación, mi dinero y mi propiedad a otras personas sin preguntarme.
Diego se acercó.
Su expresión ya no era la del hombre con quien había compartido desayunos durante tres años.
Era la