de alguien molesto porque yo no obedecía.
—No vas a hablarles así a mis padres.
—Entonces tú no deberías haberles prometido vivir aquí sin hablar conmigo.
Hubo un silencio largo.
Esperé una disculpa.
No llegó.
Diego caminó hacia nuestra habitación.
Lo seguí y lo encontré sacando una maleta grande del clóset.
Empezó a arrojar mi ropa dentro.
—¿Qué haces?
—Vas a quedarte unos días con alguien más.
Me quedé mirándolo.
—¿Cómo?
—Hasta que entiendas qué significa estar casada. Cuando estés dispuesta a apoyar a mi familia, regresas.
Me acerqué a