la maleta.
—Diego, esta casa está a mi nombre.
—Valeria, no compliques más las cosas.
Metió mis zapatos, cerró la cremallera y llevó la maleta hasta la entrada.
Teresa estaba sentada en mi sofá.
Rogelio ya había colocado algunas de sus cosas sobre un mueble.
—Esto es absurdo —dije.
Diego abrió la puerta.
—Necesitas calmarte.
—No puedes expulsarme de mi propia casa.
Pero tomó mi bolso, lo dejó junto a la maleta y esperó.
Yo no quería convertir aquello en una escena física.
Salí.
Ni siquiera había alcanzado a ponerme