sin preguntar.
Gabriel intentó empujar la silla hacia la puerta, pero sus manos temblaban tanto que apenas conseguía avanzar.
Durante aquellos segundos comprendió algo terrible: habría entregado todas sus bodegas, todas sus propiedades y hasta el último euro de sus cuentas por escuchar la voz de su hija.
Finalmente, Alba apareció abrazada a Elena.
Estaba asustada, pero ilesa.
Cuando Gabriel le mostró la fotografía, la adolescente rompió a llorar.
—¿Por qué quieren hacerme daño, papá?
Él la abrazó con desesperación.
—Porque hay personas que creen que el dinero les permite