hielo quedaron esparcidos sobre el piso del patio.
—¡Rodrigo! —exclamó mi cuñada Marisol.
Pero él ni siquiera volteó.
—¡A mí no me das órdenes, hermanito! —gritó—. ¡Si quieres hacerte el valiente, hazlo con alguien de tu tamaño!
Alejandro recuperó el equilibrio.