a cantar.
Esta vez escuché palabras que yo había olvidado.
—Duerme, lobito, la luna sabe tu nombre… cuando amanezca, sigue las bugambilias a casa.
Me levanté de golpe.
Mi madre me llamaba “lobito”.
Y la casa conservaba desde hacía décadas un corredor de bugambilias que ella había plantado.
Busqué durante horas.
En una antigua bodega de jardinería encontré un compartimiento falso.
Dentro había un sobre envuelto en plástico.
Reconocí la letra antes de abrirlo.
“PARA ADRIÁN”.
Las manos comenzaron a temblarme.
La carta decía:
“Mi lobito:
Si estás leyendo esto,