y control.
—¿Murió allí?
—No.
Lo miré.
—¿Qué?
—Llegó viva al hospital.
Se me revolvió el estómago.
Mi padre siempre dijo que había muerto en casa.
—¿Por qué me mintió?
—Porque en el hospital habría preguntas. Tu padre entró en pánico.
—¿Y Rocha?
Ramiro no levantó la mirada.
—Lo ayudó a desaparecer.
Salí de aquella habitación sin decir nada.
No porque estuviera tranquilo.
Porque no sabía dónde colocar 27 años de odio.
Lucía me encontró esa tarde sentado bajo las bugambilias.
Cuando le conté todo, guardó silencio.
Después dijo:
—Mi