Sentí cómo se tensaban mis manos.
—Sigue.
—Tu madre intentó pasar. Él la agarró del brazo. Ella se soltó…
Ramiro dejó de hablar.
—¿Y?
—Resbaló en la parte alta de la escalera.
Durante unos segundos no escuché nada.
Ni los coches en la avenida.
Ni el aire acondicionado.
Nada.
—¿Cayó?
Ramiro asintió.
—Se golpeó la cabeza.
Toda mi vida había imaginado disparos, amenazas, hombres entrando a la casa.
La realidad era más absurda.
Una discusión.
Un brazo agarrado demasiado fuerte.
Un paso mal dado.
Adultos aterrados por perder dinero, reputación