Volví antes de tiempo y encontré a una niña de 3 años lavando mi camisa. ‘Mamá está enferma, pero no podemos perder el trabajo’, me dijo. Iba a llevarla con su madre cuando empezó a tararear la canción que la mía cantaba antes de morir , hace 27 años. Entonces la niña dijo algo que ningún extraño podía saber kara.

Sentí cómo se tensaban mis manos.

—Sigue.

—Tu madre intentó pasar. Él la agarró del brazo. Ella se soltó…

Ramiro dejó de hablar.

—¿Y?

—Resbaló en la parte alta de la escalera.

Durante unos segundos no escuché nada.

Ni los coches en la avenida.

Ni el aire acondicionado.

Nada.

—¿Cayó?

Ramiro asintió.

—Se golpeó la cabeza.

Toda mi vida había imaginado disparos, amenazas, hombres entrando a la casa.

La realidad era más absurda.

Una discusión.

Un brazo agarrado demasiado fuerte.

Un paso mal dado.

Adultos aterrados por perder dinero, reputación