cambió lentamente.
Una noche, Sofía nos encontró tomando café.
—¿Te gusta mi mamá?
Casi me atraganté.
Lucía cerró los ojos.
—Sofía, a dormir.
—Pero que conteste.
Miré a Lucía.
Después de tantos años descubriendo lo que ocurría cuando los adultos escondían lo importante, no quise mentir.
—Sí.
Sofía sonrió triunfante.
—A mi mamá también le gustas.
—¡Sofía!
La niña salió corriendo antes de que Lucía pudiera atraparla.
Nos quedamos mirándonos.
—Voy a regalarla —murmuró Lucía.
—No vas a hacerlo.
—No.
Nos reímos.
Luego respiré hondo.
—¿Cenarías conmigo?
—¿Como tu empleada?