Volví antes de tiempo y encontré a una niña de 3 años lavando mi camisa. ‘Mamá está enferma, pero no podemos perder el trabajo’, me dijo. Iba a llevarla con su madre cuando empezó a tararear la canción que la mía cantaba antes de morir , hace 27 años. Entonces la niña dijo algo que ningún extraño podía saber kara.

—No.

—¿Como el temible Adrián Valdés?

—Mucho menos.

Ella sonrió.

—¿Entonces?

—Como Adrián.

Aceptó.

Dos años después, Lucía terminó enfermería.

El día de su graduación, Sofía estaba sentada a mi lado y gritó “¡MAMÁ!” tan fuerte que medio auditorio se volvió a verla.

Al salir, le entregué a Lucía un ramo de girasoles.

—Pensé que traerías bugambilias.

—Nuestra familia ya tiene suficientes problemas botánicos.

Se rio.

Entonces Sofía me jaló del saco.

—Ahora.

Fruncí el ceño.

—¿Ahora qué?

Susurró lo bastante fuerte para que Lucía escuchara:

—El anillo.

Cerré los