Mi prometido llevó a su asistente a una cena y ella me arrojó vino encima. Él pensó que mi ruptura era otra escena de celos hasta que desaparecí de su empresa y de su vida

escúchala.

—La escucho.

Silencio.

—¿Sabes qué fue lo peor?

Preguntó.

—¿Qué?

—Que no estaba enamorado de Sophie.

Lo miré.

—¿Eso fue lo peor?

—Sí.

—Explícate.

—Durante meses pensé que quizá sería más fácil soportar todo si hubiera estado enamorado.

Su voz era baja.

—Si hubiera perdido nuestra relación por otra gran emoción.

»Pero no.

—¿Entonces?

—La perdí por comodidad.

Aquello me hizo callar.

—Me gustaba que Sophie dependiera de mí.

Continuó.

—En la oficina, yo resolvía cosas.

»Ella me admiraba.

»Cada vez que lloraba o se metía en problemas, yo