Mi prometido llevó a su asistente a una cena y ella me arrojó vino encima. Él pensó que mi ruptura era otra escena de celos hasta que desaparecí de su empresa y de su vida

con Sophie porque estaba seguro de que al día siguiente tendría tiempo de arreglarlo contigo.

Silencio.

—Creía que eras permanente.

Aquella frase me dolió incluso un año después.

—Nadie debería ser tratado así.

—Lo sé.

El coche llegó.

Me levanté.

Adrian también.

—Natalie.

—¿Sí?

—No voy a pedirte que vuelvas.

Lo miré.

—Gracias.

—Pero quiero que sepas algo.

Esperé.

—Si algún día me perdonas completamente, no voy a interpretarlo como invitación.

Aquello me sorprendió.

—Bien.

—Estoy aprendiendo.

—Tarde.

—Muchísimo.

Me fui.

El proyecto conjunto salió adelante.

Dos años.

Eso significó