No la abracé.
Tampoco la insulté.
Simplemente me fui.
Seis meses después abrí mi propio despacho de auditoría forense en la Ciudad de México.
No era enorme.
No tenía pisos de mármol ni una
recepción llena de fotografías familiares.
Tenía grandes ventanas, plantas, dos oficinas, una sala de juntas y una cafetera que funcionaba demasiado lento.
Sobre mi escritorio coloqué una vieja placa de latón que había pertenecido a mi abuelo.
Él había sido la única persona de la familia que alguna vez me dijo:
—No trabajes para que te