El silencio que siguió fue de una pesadez insoportable, roto solo por el silbido lejano del viento invernal que se colaba a través de la puerta entreabierta. En el vestíbulo de la vasta casa de Boulder, el tiempo parecía haberse detenido en el instante exacto en que Marcus tomó conciencia de la terrible realidad.
Sus facciones, antaño marcadas por una sonrisa burlona y engreída, se habían desplomado por completo. Sus ojos azules, tan familiares, se posaron sucesivamente en Noah, Ethan, Sophia y Olivia, buscando desesperadamente una fisura, una mentira, una