diseñador, el cabello impecable y esa mirada altanera y despectiva con la que siempre me barría de pies a cabeza, como si yo fuera una mancha de grasa en la alfombra de su residencia en Las Lomas.
Para Sandra, yo nunca fui la mujer que hacía feliz a su hijo; para ella, yo era una empleada de clase media que había tenido la osadía de «engatusar» a su primogénito y heredero del consorcio familiar. Desde que le dimos la noticia del embarazo, no hacía más que soltar indirectas venenosas disfrazadas