siglos sin tanto drama ni tanta payasada. ¿Ahora resulta que mi hijo va a tener que financiarle los achaques a tu cuerpo frágil e inútil?
—¡Devuélveme eso! —grité, poniéndome de pie de golpe. La sangre me hirvió en las sienes.
A unos metros de nosotras, sentada junto al dispensador de agua, había una muchacha joven con sudadera que tenía su teléfono recargado contra un termo de café, sonriendo discretamente a la pantalla. Pensé que estaba en una videollamada con una amiga o viendo videos; en ese momento, con la rabia